lunes, 21 de noviembre de 2016

Los mosquitos son las estrellas de la evolución.




Cada año los mosquitos matan con su picadura a 725.000 humanos. Infectan de malaria a más de 200 millones y apagan la vida de 450.000. Contagian con dengue a unos 60 millones de personas, de las que mueren 20.000, la mayoría niños. Miles de bebés están naciendo con microcefalia por causa del zika transmitido por el mismo mosquito que mata a 44.000 por fiebre amarilla. Los humanos hemos declarado la guerra a estos minúsculos seres. La agresión a nuestra especie es tan severa que estamos barajando exterminarlos.
No sería la primera vez. Cada año llevamos a la extinción a alguna especie sin pretenderlo, las hemos ejecutado voluntariamente para protegernos. Sólo en el siglo XX, el virus de la viruela mató a más de 300 millones de personas. No quisimos tolerar más. A golpe de vacunas, fue acorralado y desde 1980 está encarcelado. Este ser vive hoy congelado en un par de laboratorios de Rusia y EEUU. Un final conveniente, difícil de igualar con los mosquitos.
«Es una batalla perdida. Los mosquitos son las estrellas de la evolución. Están por todas partes. Nosotros moriremos y ellos seguirán aquí», asegura el entomólogo Miguel López Munguira, de la Universidad Autónoma de Madrid. Ocupan todo el planeta, excepto la Antártida. Desde el Ártico hasta ciudades de los países más desarrollados, pasando por las selvas tropicales. Son 3500 especies, 200 de las cuales se alimentan de sangre.
Los hay con un diseño perfecto para conquistar el actual mundo globalizado. El mosquito tigre tardó menos de 100 años en expandirse por medio mundo. Vivía exclusivamente en los troncos de los árboles de la selva húmeda del sudeste asiático. Ahora se ha instalado en nuestros jardines, incluidos los españoles, y se ha adaptado a anidar en climas muy distintos al de su tierra natal.
La clave está en la resistencia de sus huevos. No los había puesto a prueba hasta que inició su viaje a territorios lejanos a bordo de neumáticos usados en algún contenedor de carga. Ricos en grasas y proteínas, aguantan el invierno hasta que llegan las suaves temperaturas. Hoy son las especies invasoras más peligrosas del mundo.
Si no podemos aniquilar a todos los mosquitos, podríamos tratar de acabar al menos con el centenar de especies que transmiten enfermedades con su mordisco. En momentos concretos de la historia hemos diezmado hasta la agonía poblaciones de estos animales. A principios del siglo pasado, el mosquito Aedes aegypti fue reducido a la nada en Panamá tras matar por fiebre amarilla a 10.000 obreros que construían el canal. Hoy trae de cabeza a los países latinoamericanos por los brotes severos de zika, dengue y chikungunya.
EEUU fumigó su territorio con DDT para acabar con el mosquito Anopheles hasta que se declaró libre de malaria en 1949. En España secamos los humedales del sur en los años 50 para frenar esta misma enfermedad. Algunas especies que vivían en ese hábitat se extinguieron, pero el paludismo dejó de azotar. En la actualidad tenemos armas más sofisticadas para acabar con la amenaza voladora. Los insecticidas, bacterias que reducen la capacidad de los mosquitos para transmitir enfermedades, versiones transgénicas de estos insectos que se aparean con las hembras para que pongan huevos incapaces de prosperar o los mosquitos machos estériles por radiación.

La erradicación de cualquier especie está cargada de efectos secundarios. Si desaparece una pieza de un ecosistema, éste se desequilibra. A veces colapsa por el cambio brusco de relaciones entre especies, pero la mayoría de las veces se acomoda a su nueva situación pasado un tiempo. De hecho, la mayoría de los ecólogos asegura que en poco tiempo el mosquito dejaría de echarse de menos y su función sustituida por otros insectos.