lunes, 28 de noviembre de 2016

Gritos silenciosos (3)


La primera vez que lo vi, fue de una manera absurda y simbólica.
En el colegio había diez escalones de mármol blanco desde la recepción al portal. Siempre que salía, me gustaba saltarlos de golpe. Era una manera de exteriorizar mi alegría por salir a la calle y un juego infantil de quien era por entonces, en gran medida, todavía una niña.
Recuerdo como iva vestida esa tarde. Llevaba unos vaqueros azules pálidos, una camiseta, un chaleco por los hombros y unos mocasines Kiowa. Debía de parecer una colegiala. Sólo me habría faltado una piruleta. Había quedado con Macarena, que me esperaba en alguno de nuestros sitios habituales. Tras el preceptivo planchado de la melena, bajo a recepción, cojo carrerilla, salto las escaleras y me doy de morros con un señor bajito y calvo prematuro. Me sujeta un instante y me espeta:¿ Te persiguen los grises?. Después me mira a través de los gruesos cristales de sus gafas y me dice en tono confidencial: tengo una foto tuya en la cómoda de mi dormitorio. Yo no reacciono. Ante el bochorno de haber chocado con un señor desconocido y haber escuchado una salida suya tan surrealista, permanezco callada y sin saber donde meterme, ÉL me pide perdón por si me ha incomodado e insiste en que, aunque yo no lo supiera, él me conoce desde hace tiempo y añade que siempre le he parecido preciosa. Balbuceo algún tipo de excusa y salgo corriendo del colegio. Atónita, estupefacta, caminaba por las calles preguntándome, de que me podía conocer ese hombre y como y con que derecho, podía tener una foto mía...¡en su dormitorio!. Tampoco me explicaba, que hacía en el portal del colegio mayor. ¿Acaso me estaba siguiendo? ¿Se trataba de un perturbado que la había tomado conmigo y esperaba durante horas a que saliera? ¿ O simplemente era un gracioso con ingenio, que se le había ocurrido decir que me conocía como quien dice, voy a hacerte Emperatriz de Lavapies?. Cuando por fin me encontré con Macarena, le conté inmediatamente lo sucedido. Aparte de parecerle gracioso, no le dio mayor importancia. Yo traté de hacer lo mismo durante los siguientes días, pero no pude evitar una comezón de intriga que me mantenía inquieta. Quizá era una premonición.
Lo cierto es que el incidente me afectó mas de lo que habría sido normal, al fin y al cabo sólo era un estúpido choque fortuito con un desconocido que había tenido una salida un tanto desconcertante. con el tiempo he reparado en el gran valor simbólico de ese encuentro: la primera vez que lo vi, yo estaba saltando como una niña.
Pocos días mas tarde, una compañera del colegio, algo mayor que nosotras, nos invitó a Macarena y a mi a una fiesta que organizaba su novio. nos sorprendió la invitación, ya que no era una chica a la que tratábamos demasiado. Se llamaba Dolores, pero sus amigas de habitación, la llamaban Lolifán debido a las fantasías con que se daba aires de grandeza, y por ese apodo la conocíamos todas. precisamente por ello, porque se rumoreaba que alardeaba de un novio enormemente rico que iba para ministro y a nosotras nos divertía comprobar lo que había de cierto y de fantasma en ello, decidimos aceptar. Nos pusimos nuestras mejores galas y hacia allí nos dirigimos. Cuál sería mi sorpresa cuando en el elegante piso de La Castellana del novio de Lolifán, nos abre la puerta  el señor bajito con el que había chocado. si Macarena notó mi estupor al principio, enseguida supo a que se debía, porque el señor apenas hechas las presentaciones y los saludos insistió de nuevo en que tenía una foto mía y en que me conocía desde hacía tiempo. Para completar mi estupor, el señor se dirigió al dormitorio y apareció al poco con una foto mía enmarcada. la reconocí al instante. se trataba de una foto de mi puesta de largo, costumbre de las niñas bien de la época por la que, como no, yo pasé.
No me podía explicar que hacía esa foto en poder de ese señor, y él no parecía dispuesto a revelármelo de inmediato, divertido por mantener la intriga. fue Manolo, un amigo suto que nos acababa de ser presentado, el que dio una explicación, atribuyéndose la culpa "Esa foto se la he dado yo", comenzó a contarnos. nos explicó que, como yo, ambos era de Alnorte, aunque residían desde hacía tiempo en Madrid. En uno de los viajes para ver a sus respectivas familias, se pararon delante del escaparate de una tienda de fotos, donde estaba, por lo visto, expuesta mi foto, de la puesta de largo. El señor bajito se quedó prendado de esa moza de diecisiete años, elegantemente vestida y maquillada para la ocasión. He de decir, que yo era muy guapa de joven, incluso había gando un par de concursos de belleza en lugares de veraneo siendo todavía adolescente, y en concreto en aquella foto, estaba especialmente favorecida. fue tal la atracción del señor por esa imagen, que ambos amigos decidieron buscarme por la ciudad. Después de lo que supongo que sería una absurda e infructuosa búsqueda. Manolo decidió darle una sorpresa a su amigo.
Entró en la tienda de fotos, y habló con el dueño, quien no sólo le dio mi nombre, apellidos y dirección, sino que tuvo la osadía de venderle mi foto. Presumo que mediaría una buena cantidad. Obvio es decir que ni yo, con total seguridad, mi familia estábamos al corriente ni hqabíamos autorizado que mi foto fuera expuesta en un escaparate. y así, por la deshonestidad de un fotógrafo, fue determinada mi vida. Ahora no le culpo, sólo cometió una pequeña falta. Ahora tengo muy claro quien fue el culpable, pero durante años he pensado con odio en ese fotógrafo desconocido que le vendió al destino la batuta para dirigir mi vida por derroteros de sufrimiento. Pero como bromea mi hija pequeña " Sin ese fotógrafo, ni mis hermanos ni yo existiríamos" Y eso es suficiente consuelo para no lamentar nada..
Pero volvamos a la fiesta, donde no nos quedaremos mucho tiempo, como no nos quedamos Macarena y yo en aquella ocasión. Estaba realmente incómoda en esa fiesta. no sólo por la historia de la foto, que en principio me pareció más una desfachatez que un gesto romántico, sino también por el hecho de que sin ningún escrúpulo el señor mostrara su admiración por mí, a escasos metros de su novia Lolifán, que estaba atendiendo a otros invitados, así como porque me contara que había sido él quien le había solicitado que nos invitara, por mucho que llamara a su amiga en lugar de su novia. de modo que al cabo de apenas media hora, inventamos una disculpa y nos fuimos. es posible que el lector se haya hecho a estas alturas, una idea errónea sobre la edad del señor. No llegaba entonces a los 30 años, aunque por poco, pero aparentaba mas debido a su calvicie, a su forma de vestir y a sus maneras. En todo caso, yo tenía bastantes años menos, para mi era un señor y era la forma mental de referirme a él. No voy a revelar su nombre, ni siquiera lo voy a sustituir por otro. mas adelante cambiaré la forma de llamarle, y lo haré varias veces, coincidiendo cada una de ellas con el punto de la historia en que yo le puse otro nombre para mis adentros.