lunes, 31 de octubre de 2016

Pensar que no eres mejor que nadie, ya te hacer ser mejor que muchos.



Un propósito que suelen buscar la mayoría de libros y técnicas de autoayuda es enseñarnos a ser mejor persona. Para ello, nos guían para practicar el autoconocimiento, la atención interior y el refuerzo de la autoestima.
Ahora bien, hay un aspecto que es necesario tener en cuenta: ser mejor persona no debe hacernos creer que debemos ser mejor que nadie. La referencia seremos siempre nosotros mismos.
Estamos seguros de que también tú conoces a alguien que, por su actitud, comportamiento y modo de relacionarse, demuestra precisamente esa incómoda sensación de que siempre pretende ser mejor que tú.
A día de hoy se está dando una curiosa tendencia que los expertos etiquetan como “materialismo espiritual”. Se trataría de ese interés actual por alcanzar un autoconocimiento tan elevado de nosotros mismos.
Ese punto en el que muchos acaban alejándose de los demás.
Es pues necesario enfocar de forma adecuada esta idea. Podemos desarrollar nuevas estrategias para fortalecer 
nuestra autoestima, para enriquecer nuestras relaciones y alcanzar mayores logros, pero nunca a costa de sobrepasar a los demás o aparentar ser mejor que nadie.
La personalidad humilladora
Quien practica la soberbia, quien necesita competir y aparentar superioridad, en su interior suele esconder en realidad una baja autoestima.
El placer de aparentar “superioridad”, de mostrar unas aptitudes mejores e incluso de humillar al resto con esa actitud prepotente, les sirve muchas veces para complacer su bajo auto concepto y reforzarlo.
En nuestro círculo social, en el trabajo, entre nuestros amigos o familiares, siempre tenemos a la clásica persona que suele utilizar la ironía o la burla para ridiculizar al resto, y así, evidenciar sus mejores aptitudes, su capacidad de ser mejor que nadie.
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Asimismo, también suele ocurrir algo que iría justo al contrario de este comportamiento. En ocasiones, también podemos encontrar esas personalidades a las que les gusta ir de víctimas.
“Son las que más sufren”, las que mejor entienden qué es el rechazo, qué es el sentirse apartados o poco valorados.
En el fondo, son reversos de una misma cara donde ahonda una misma dimensión: un bajo auto concepto con el cual enfrentarse a los demás para sentirse reforzados, ya sea mediante la humillación o el descrédito.
El mayor placer reside en superarse a uno mismo, en ser mejor persona cada día tomando como referencia nuestras propias necesidades, y nunca las debilidades de los demás.

Si ayer nos sentíamos inseguros, si no confiábamos en nuestras capacidades para aspirar a ese trabajo, para relacionarnos con esa persona que nos atrae, y hoy ya lo hemos logrado, hemos conseguido, por tanto, “ser mejores”.


Es ahí donde reside nuestra grandeza: lograr crecer y mejorar cada día tomándonos a nosotros mismos como reflejo y no a los demás. Porque quien vive obsesionado con aparentar, con competir y desafiar, se olvida de sí mismo.